Navegando por el Canal de Midi (II)

… Pero lo bucólico no está reñido con el apetito, así que llegada la hora de la comida, Angelines nos prepara unas setas con patatas de las que damos buena cuenta. Otro día, el Quique cocinero, nos preparará un asado de carne con mostaza, Pili otro día nos hizo un arroz a la milanesa, yo el último día unas lentejas. No pasamos hambre, no.

Sí pasaremos muchas esclusas. No recuerdo si la de St. Cyr fue la primera, pero sí recuerdo que cuando íbamos a entrar, se nos cerraron las compuertas. Creemos que algún excursionista de un grupo que pasaba por allí, dio inoportunamente al botón de cerrar, dejándonos encerrados. Después de un rato de desconcierto, se solucionó y continuamos nuestro navegar. Quique al timón y Susana en la proa, tienen que trabajar duro para vencer el empuje del fuerte viento.

Lunes 30.- Llegamos a la esclusa de Truelhas. Nos juntamos seis barcos que pasamos de tres en tres con la ayuda del esclusero, hombre alto y delgado con barba blanca y la ayuda de unos nuevos marineros llamados Miguel y Javier, encargados en la popa de adujar y largar los  cabos. Susana en la proa se encargará de ese cometido. Los demás miramos hacer maniobras impresionados por la maestría de la marinería, toda. Hasta Angelines será enviada a proa para auxiliar a Susana. Llegamos a la esclusa de Cesse. Hago una foto del agua cuando entra en ella como un torrente y “sentimos” como el barco sube y sube hasta alcanzar el nivel adecuado. Se abren las compuertas y continuamos nuestro camino. Viñas y pinos en tierra, nubes en el cielo y viento que nos trae agua pulverizada.

Ya estamos en el Canal du Midi y navegamos hacia Bèziers. De momento se han acabado las esclusas. El viento llega de cola y nos empuja. La navegación  es ahora más fácil y disfrutamos el viaje. Llegamos a Capestang donde desembarcamos. Hay una iglesia grande que está cerrada. Una farmacia donde Miguel compra betadine para una herida que se ha hecho. Tenemos que hacer compra, pero ¿dónde? Un par de tiendas pequeñas de las que salimos con las manos vacías, porque lo que hay a la vista no está de nuestro gusto. Paramos a una señora y refrescando el francés que sabemos, le preguntamos por un supermercado. Nos contesta también en francés. Después, curiosa, nos pregunta de donde somos. Españoles, decimos. De Murcia, responde y nos reímos. Compramos por fin y regresamos al barco. Los chicos se han quedado en el pueblo con sus amigos. Nosotros nos entretenemos mientras tanto; Pili consulta los planos y lee la historia de los lugares que visitamos, Pepe ordena minuciosamente las cuentas, como en cada viaje. Otros hacemos solitarios. Después de cenar, Susana nos enseña a jugar al Rumi.

midi-6 Martes 31.- Ha parado el viento fuerte. Navegamos    para repostar agua, que no nos falte. Regresa el    viento y llegamos al paso de cinco esclusas juntas,  nada menos. Estamos admirados por esta obra  colosal de ingeniería. Atracamos en Bèziers, no sin  dificultad por el fuerte viento.  Bajamos a tierra.  Tomamos un “café au lait” al sol. Me tuerzo un  tobillo, parece poca cosa, puedo andar. Pili, siempre  previsora, me deja fastum que en dos o tres  aplicaciones me deja aparentemente nueva. Emprendemos el regreso y atracamos a las 9 de la noche en plena oscuridad. Saltan los marineros a la orilla, se clavan picas donde amarrar el barco y el martillo que se escapa de las manos de un colega que ha bajado a ayudar y dando un salto cae al agua. No volveremos a verlo. Pobrecillo, se oxidará. Cenamos ricos bocadillos. Sesión de chistes y riendo contentos nos vamos a dormir.

Miércoles 1.- Javier madrugador, a lomos de una bicicleta se va al pueblo a comprar pan y croissants. Tarda en volver a causa del viento que trae de frente. Desayunamos y zarpamos. Pasamos por el cruce de La Robine dejándolo atrás. Vamos al encuentro de Trèbes, el final de nuestro camino. Vamos tranquilos, sin prisa, ni tener que hacer recados hasta llegar a Le Someil, aldea a la que llegan multitud de barcos. Bajamos a tierra en busca de un “super”. Tomamos café en la terraza del “Comptoir de la Ville”. Van llegando marineros de nuestra flotilla que piden cerveza porque ya ha pasado la “hora del Angelus”. Regresamos al barco.  Pili nos prepara un rico arroz a la milanesa y después de comer bajamos de nuevo a curiosear en L’Ancienne Librerie, una enorme librería que más bien parece una biblioteca, ya que está repleta de vitrinas con colecciones de libros magníficos de los grandes escritores franceses y otros maestros de la literatura universal. Seguramente ediciones agotadas hace muchos años y por tanto a unos considerables precios. Al alcance de la mano hay libros modernos y accesibles, casi todos en francés. Algunos compramos. Regresamos al barco, donde echamos unas partidas de rummikub (aprendemos deprisa), cena, charlita y a dormir.

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Jueves 2.- Javier, por ser madrugador, chico de los “recaos”, nos ha traído unos croissants deliciosos que nos desayunamos con fruición. Angelines, piadosa ella, recoge todas las migas de la mesa y se las echa a los patos, que pelean y disputan por el banquete.  Continuamos navegando siempre acompañados del viento. En D’Argens nueva esclusa. Javier en bici y retando al viento que no cesa, se va pedaleando a la siguiente y allí nos espera. Salimos a tierra y desde arriba contemplamos toda la ceremonia. Hay un perrito encantador, blanco y negro, que logra abrir la puerta del jardincillo de su casa y llegar hasta el borde de la esclusa, donde nervioso y atento, vigila todos los movimientos de barcos y personas. La siguiente esclusa tardamos en pasarla, lo que nos permite desembarcar y pasear mientras contemplamos este paisaje distinto, con montes cercanos cubiertos de vegetación y a sus pies una bonita hilera de esbeltos cipreses. El barco sigue parado. La esclusera se ha ido a comer. El viento ha parado. Nos preparamos un aperitivo que tomaremos por primera vez en la cubierta del barco, al que enseguida acuden los colegas de otros barcos de nuestra flotilla, para charlar y cambiar impresiones. Acuden dos niñas muy lindas, quizá  futuras periodistas, que nos piden permiso para hacernos una entrevista (posiblemente es un encargo del organizador) y contestamos con gusto a sus preguntas sobre el viaje. En la flota viajan niños y niñas desde cuatro a doce años más o menos. Los mayores ayudan en las tareas de amarre, adujando y largando los cabos y lo hacen con eficacia, precisión y un gran sentido de la responsabilidad. Iñaqui (marinero colega de otro barco) envía al aire un dron que ha traído, para que nos siga desde lo alto. Salimos de la esclusa y paramos cerca para rellenar el depósito del agua mientras se prepara la comida. El viento ya no es tan fuerte. Hemos perdido una boya. El seguro la repondrá. La esclusera nos ha retenido para dar preferencia a un barco que venía de frente. Hicimos una cola de seis barcos. Salimos por fin hacia La Redorte donde desembarcamos para hacer compra, por fin, a un supermercado merecedor de tal nombre y del que salimos cargados. Aparecen Quique y Susana con sus bicicletas provistas de cesto, donde en un par de viajes llevan parte de la compra al barco. Los demás regresamos sin prisa. Mientras se prepara la cena, jugamos al rummi. Ya hemos aprendido. Cenamos, charlamos y al nido.

Viernes 3.- Salimos temprano. Hay un puñado de esclusas antes de llegar a Trèbes. Llegamos a la de Homps y nos da la bienvenida un guitarrista que forma parte de una serie de personajes, algunos con movimiento, realizados en madera y metal, rodeados de una variopinta colección de aves de corral, ranas y más personajes, todos creación del esclusero Jöel Barthe, que es también escultor. Llegamos a la esclusa de St. Martin y como son las doce, el esclusero se va a comer y nosotros aprovechamos para salir a caminar y más tarde tomamos el aperitivo en la cubierta porque el viento, por fin, como el esclusero, ha desaparecido. Nos acompaña algún colega y la pequeña Elena, que acaba de cumplir cuatro años y seguro que llegará a ser una experta navegante. Mientras se guisan unas lentejas, cuyo olor parece que atrae a los que andan cerca, se abre la esclusa y continuamos nuestro camino. Comemos los mayores mientras Quique y Susana permanecen en sus puestos, atentos al paso de las últimas esclusas. En cuanto pueden, dan buena cuenta de las lentejas. A las cuatro llegamos a Trébes, final de nuestro viaje. ¡Qué pena! Ha sido tan bonito… pero el sábado por la mañana tenemos que abandonarlo. Salimos a conocer el pueblo, que como todos los que hemos visitado, parecen deshabitados. Las contraventanas de madera están cerradas en la mayoría de las casas. No se ve un alma por las calles. Llegamos a un local muy grande lleno de antigüedades y también de antiguallas. Entramos a curiosear. En la puerta está el perro ¿guardián? Los chiquillos le acarician y él se deja, tan quieto como si fuera de peluche.

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Sábado 4.- Después de desayunar cerramos las  maletas. Quique y Javier en un taxi, se van a  Narbona a recoger los coches. A su regreso ya  hemos sacado los bártulos. El barco ahora está en  manos del equipo que lo dejará preparado para  otros próximos navegantes. Nos vamos a visitar  Carcasona esa interesante ciudad medieval creada  or los cátaros y que se conserva casi intacta a pesar de los siglos. Está a rebosar de turistas.  Después de comer nos vamos a la ciudad moderna. Hay una catedral y otra iglesia que no podemos visitar porque están cerradas. Salimos hacia Narbona donde tenemos reservadas habitaciones en el Cyti Hotel. No contaré con detalle lo que costó conseguir las llaves de las mismas, debido a que no había recepcionista física. Todos los viajeros que iban llegando tuvieron el mismo problema, que después de mucho rato se solucionó.  Salimos a dar un paseo y tomar algo. Imposible, los restaurantes estaban llenos, pero a los que llegábamos tarde no estaban dispuestos a darnos nada. Casi ninguno de nosotros tenía hambre. Yo sí y al fin conseguí que me prepararan una pizza, pero para comerla fuera. Me comí una porción por la calle y el resto lo repartí con Javier y Miguel.

El Domingo Pepe, Pili, Quique y Susana aún se quedarán por aquí otro día. Los demás, muy temprano salimos para Madrid. Nos espera un viaje de 850 km. Paramos en Besalú a desayunar café con leche y pan tumaca con jamón a lo grande (por el tamaño) y comeremos  en Aires de Aragón, restaurante de La Almunia de Doña Godina, un plato combinado muy rico. A las seis de la tarde Javier nos deja en casa después de un viaje largo, pero cómodo y ameno, en el que los que pudimos,  descabezamos algún que otro sueño.

Y hasta aquí la crónica de nuestro viaje por el Canal du Midi, Patrimonio de la Humanidad. Distinto a cualquier otro viaje que hayamos hecho y que no olvidaremos por su singularidad, por lo que hemos vivido dentro y fuera del canal, por la belleza del paisaje y por la inmejorable compañía. ¿A que sí?

 

 

 

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