Catamaran en Polinesia 2

Amanece gris, con lluvia y viento. Desayunamos en el salón, en la radio suena el aserejé mientras Javier prepara un opíparo desayuno a base de tortilla de patata con chorizo y pan tumaca. Lo cierto es que después del día de ayer, abrasados por el sol nos viene bien que está el día nublado, la lluvia tampoco es molesta. Zarpamos hacia el yacht club de Bora-Bora, allí repostaremos agua y saldremos a dar una vuelta. El cielo gris hace resaltar aún más el esmeralda, el indio descansa cubierto de nubarrones. Tras amarrarnos a una boya bajamos a tierra y tras una cerveza en el Club nos dividimos: chicas de paseo, chicos a repostar agua y otros menesteres.

El pueblo queda a unos dos Km caminando por la única carretera asfaltada que tiene la isla (de unos 32 Km), es maravillosa, exótica, luminosa, repleta de jungla, montañas, flores de colores, casas de madera y techos rojos. Lástima que el progreso pase su tributo en sitios así, donde parece un injerto ya que esperarías ver a los nativos en pareo, con flores en la cabeza y collares de flores tal como Gauguin los inmortalizó así que choca verles conduciendo sus modernas rancheras y vestidos a la occidental.

Llegamos al pueblo, hay mucho bullicio de turistas que han llegado en un crucero. Pululan por las tiendas en busca de regalos, los precios son excesivos y el material demasiado turístico.

Mupiti Polinesia

Maupiti

Polinesia

Lagoon Maupiti

 

 

 

 

 

 

 

 

Caminamos hacia un lugar donde se escucha música de tambores y flautas, un grupo de mujeres ensayan bailes acompañadas por una orquesta y dirigidas por una anciana y un hombre joven. Son ancianas mujeres polinesias  en las que la larga melena de color azabache se ha tornado gris y la estilizada figura de esbelto talle ha dado paso a una redondez oronda pero que aún conserva toda la sensualidad del movimiento que caracteriza a estos bailes, movimientos de cadera con suaves gestos con los brazos expresando mucho amor. Sale el sol así que tendré suerte con la sesión de fotos.

Tras el espectáculo tenemos hambre así que caminamos hacia un chiringuito que tiene mesas cubiertas por manteles-pareo y sillas de plástico. Nada más sentarnos comienza a llover con fuerza, son las 5. Hay que volver al barco, llueve, no taxi, no bus, pues andando.

Nos mojamos al principio pero no hace frío, paramos a comprar un bidón de gasolina para el dinghy. Deja de llover, el cielo se abre y deja paso a un sol tenue pero magnífico porque la tarde revienta en colores. Jardines de ensueño, el agua de la lluvia ha perfumado el aire y huele a tiare, a vainilla, a tierra. La montaña del indio brilla muy hermosa, el mar está en calma, azul y plata, salpicado de veleros fondeados y de piraguas polinesias (las que parecen un catamarán con un solo patín). Nos encontramos con nuestros chicos que están tomando una cerveza en la terraza, atardece entre nubes azules que se tornan rojas y acaban en un cielo rosa fucsia como un inmenso pareo lanzado al cielo desde la selva verde. Sobrecogedor. Cenamos a bordo.

Ayer tras varios intentos pudimos hablar con Richard, el contacto obligado en la isla de Maupiti. El es el que dice si se puede o no llegar hasta la isla ya que la entrada por el arrecife se hace a través de un estrecho paso que con las olas puede resultar bastante peligroso. Nos dice que no habrá problema así que a las 7 salimos hacia Maupiti, a unas 5 horas de travesía. Hay mucha mar, con olas de 2-3 metros, un sol espléndido y bastante viento. Nos siguen dos catamaranes y el velero piper. La expectativa de ir a Maupiti es muy prometedora, una isla poco concurrida con un magnífico lagoon. La nota negativa la pone nuestro motor que durante el camino emite extraños sonidos y amenaza con pararse. Los capis ponen caras largas, saben que sin motor no se podrá entrar y habrá que volver a Bora-Bora. Confiemos en nuestros amigos los espíritus maoríes…

Alquiler catamaranes Bora Bora

Catamaran Bora Bora

Polinesia Francesa

Lagoon Bora Bora

 

 

 

 

 

 

 

 

A la entrada nos espera el famoso Richard que a pesar del nombre resulta ser un nativo entrado en carnes enfundado en una camisa-pareo de vivos colores.

Nos indica desde su barca cómo sortear los arrecifes. El motor decide colaborar y entramos sin problemas. Ha merecido la pena, el lugar es salvaje, los colores sublimes, con el turquesa a la cabeza. La isla está rodeada de varios motus con palmeras. El pueblo es pequeño, hay pocas casas dispersas por la costa. Un baño y un rato haciendo snorckel, hacemos carreras nadando hasta el barco que queda a 1 Km, veo una morena.

Por votación popular decidimos cenar en tierra, Richard nos dijo que sólo hay un snack en el pueblo así que probamos suerte. No nos equivocamos, la cena fue estupenda: nuddles con verduras, pollo, cerdo con taro, pescado crudo y gambas con arroz regado con cerveza Hinano, la de la jovecita tahitiana arrodillada con pareo rojo, melena negra, collar y una flor de tiare en la oreja. El precio muy asequible para lo que se maneja por aquí (12 euros  por persona). Sólo hay comensales locales, un señor con camisa y collar de flores acompañado de dos ancianas ataviadas con sombreros  y pareos.

Por supuesto Richard está aquí, con sus amigos, de cañas.

Vuelta al barco la noche luce sus mejores galas con un cielo repleto de estrellas. Maururú polinesia ¡!

 

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