Charter en Seychelles . (III)

Alquiler catamaranes Seychelles

Islas Seychelles en catamaran

Amanece algo nublado, chispeando,  pero al poco rato sale el sol y un magnífico arco iris para completar el cuadro. Llega una barca de pesca con 3 nativos, llevan chubasqueros amarillos. La barca es azul, roja y blanca, con esta luz la estampa es como un cuadro impresionista. Llevan muchos peces, grandes. Veo red snapper, loros, dorados y una gran (enorme) y horrorosa morena. Uno de ellos va ensartando los peces en una rama como si fueran churros. Los descargan en el muelle. Nuestros vecinos de fondeo les compran un par de peces. Fotos con uno de los pescadores y la morena todo lo larga que es. Genial. Hay rayas pescando cerca del barco. Vamos a tierra a comprar pan. La Digue aún es una isla poco turística, pero encierra grandes tesoros: tiene la plantación de vainilla mayor de las islas, es el último refugio del papamoscas negro y otras aves como las golondrinas de mar transparentes ,  los vuelvepiedras de pico largo ( que migran desde Siberia recorriendo 10.000 Km!!), los búhos enanos,las palomas azules,los katitis… hay también tortugas de agua dulce con el vientre amarillo, estanques con nenúfares donde crecen hermosas orquídeas, manglares, takamakas y el lirio de las Seychelles, blanco y magenta, la más bella flor de estas islas que crece en jardines y playas. Increíble…

Alquilamos otra vez las bicis ( es difícil conformarse sólo con disfrutar del mar!) y nos dirigimos hacia el norte de la isla, hace calor pero pedaleamos a buen ritmo. Veo un grupito de ornitólogos ataviados a lo Indiana Jones escudriñando entusiasmados las aves con artilugios muy sofisticados. Llegamos a una cala rodeada de formaciones graníticas y palmeras, las gorditas son aquí de color rosa y esto le da a la playa un color muy especial… A la derecha la montaña con su tremenda vegetación. Seguimos hasta donde se acaba la carretera, en Anse Fourmies. Parada para tomar aliento y darnos un bañito. El mar está tranquilo, de mil colores verdes y azules, la arena de la playa ocre brillante. Hay cientos de conchas y coralitos, el agua está caliente, deliciosa.

Tras la parada vuelta sobre nuestros pasos hasta un barecito de carretera en Anse Grosse Roche donde el dueño, amabilísimo nos pone unas cervezas fresquitas y de picar plátano frito. Su nieta juega en la  huerta, su mujer teje en la terraza . Llega un pajarillo rojo, una lagartija verde como una gominola trepa por el techo de paja. De nuevo en marcha, paro para fotografiar a unos niños que pescan en otra playa desierta. La luz intensa resalta los colores, es una acuarela verde esmeralda-turquesa-cobalto-blanco-beige. Hay una niña con ellos, muy guapa.

Volvemos al centro del pueblo y tomamos el camino hacia la costa suroeste, pasamos por un cementerio católico que está al borde de la carretera. En un jardín veo un árbol gigante con unas lianas que cuelgan hacia el suelo como los pelos de un rasta . Tomamos el camino hacia el bosque, hacia la Vev Reserve, última morada del papamoscas, vemos una amorosa pareja posada en una rama. El bosque es muy tupido, de cuento. Seguimos hacia Union State, centro histórico de La Digue. Hay varia cabañas de madera, en una vemos un montón de cocos apilados, es donde se producía el apreciado aceite de coco allá por el siglo XVIII. En otra de las cabañas tienen bebés tortuga (alguno no alcanza un dedo de longitud), a la salida un grupo de tortugas gigantes comen hierba a la sombra de unos árboles, me acerco a una de ellas y le ofrezco una apetitosa rama con hojas tiernas , abre su gran boca, tiene la lengua muy rosa, engulle las hojas muy rápido mientras me mira con ojos de buena gente. Camino de la playa pasamos por una plantación de vainilla y por un pequeño astillero donde construyen los nuevos schooner, los capis husmean un rato. Llegamos a la playa de Source D’Argent, tiene muchas esculturas y una maravillosa arena. Al agua, a snorckelear, hay peces amarillos, rojos, negros y corales con forma de guisantes, caracolas… una gozada!, fotos submarinas. Tras el baño vuelta al centro a comprar provisiones, de paso compro té de vainilla y tamarindo. Está anocheciendo cuando llegamos al barco, una ducha y salimos a cenar a un restaurante criollo que con tanto ejercicio nos lo hemos ganado. Tras un largo (y a oscuras) paseo encontramos un restaurante que acepta clientes sin reservar, estoy hambrienta. Pedimos pollo al curri y cangrejos con jengibre y ajo, muy bueno. De postre un café expresso. Suena música muy romántica aunque algo antigua (del lago azul y eso…) pero acompaña bien la cena. Los chicos bromean, un paisano me pide un cigarrito. De vuelta al barco está oscuro, hay que tener cuidado de no tropezar con los ciclistas, huele a canela. Hay tanta paz…cuando me acuesto estoy exhausta, ha sido un día genial. Mañana más.

 

Salimos hacia Coco’s Island a las 8 de la mañana, con un día espléndido y un mar muy tranquilo. Fondeamos cerca de la isla. Es un pequeño islote con grandes formaciones de granito y palmeras al más puro estilo seychelliano. Nos acercamos hasta la isla con el dinghy, por el camino vemos una pareja de rayas y una tortuga. No me extraña que este sitio tenga fama de ser el mejor para el snorckel, nada más lanzarnos al agua se ven ya cientos de maravillosos peces de colores, muy organizados eso sí: una familia de peces cirujano, otra de peces mariposa, peces angel, trompetas, cardenales, papagayos, un mero tímido detrás de una roca, un pez cofre, y de repente… un coral LILA, maravilloso. Dos calamares emprenden la fuga al vernos, unos pececillos grises y rojos nadan a nuestro lado. Se acerca un chubasco así que volvemos al barco y zarpamos, el chubasco también. Pasamos entre Grand y Petit Soeur, hoy nos vamos a esmerar con la pesca, sacamos cañas y curris. Durante la travesía charlamos de delfines y ballenas mientras tomamos un tentempié a base de chorizo y queso. De pronto algo salta en una de las líneas, Javier recoge sedal, aminoramos la marcha. Apuestas mientras lo acerca al barco: “es una barracuda” “no, es un atún”…no, es un… Kingfish!!, mide 1,5 metros y pesa unos 15 Kg, no está nada mal.. Javier se lamenta de que no haya picado a la caña. Hoy cenamos pescado en papillote!

Compartimos la mitad del pez con nuestros vecinos de fondeo (un catamarán con una familia alemana), ellos nos regalan una botella de vino rosado.., así da gusto.

Joaquín prepara la comida, guisantes con cebolla y jamón y unas tostas con aceite de oliva y ajo. Tras la comida salimos en dinghy con la caña. Javier pesca una aguja pero ésta vez sólo fotos y la soltamos. Vuelta al barco, el sol se está poniendo y justo antes de irse los colores se hacen muy intensos, en tierra la montaña se ve repleta de árboles de verdes brillantes( aquí hay muchos de mis favoritos, unos con las ramas en distintas alturas, el arból multicopas ), el mar muy esmeralda y el cielo teñido siempre a esta hora de lila.

Poco a poco el sol nos deja y ya sólo quedan las sombras y los ruidos, las sombras de las montañas, de los árboles, de las rocas redondotas, de los veleros fondeados… y el suave ruido del mar chocando contra las rocas de la playa, el de los pájaros, y cómo no el ssh-ssh de la caña de Javier cuando lanza la mosca.

 

El papillote delicioso y muy bien acompañado por el rosado de los vecinos. Esta mañana nos hemos ido a snorckelear cerca de la playa. El agua está algo turbia por el plancton pero el fondo es magnífico, hay corales con forma de flor (como las flores del desierto), de cerebro, de seta… y miles de peces, veo una raya marrón con pintas blancas y cola larga, bonfish, meros negros y amarillos enormes. Debajo de una roca aparece él, el tiburón!, mi primera reacción es subir de un salto al dinghy pero Joaquín insiste, “no hacen nada, es un tiburón nodriza muy bonito”.. así que hago de tripas corazón y nos quedamos un buen rato contemplando su escondrijo aunque no acaba de salir. Casi mejor así. Vuelta al barco para salir rumbo a Grand Soeur. Javier lanza la artillería pesada. Navegamos con viento, sacamos las velas, vamos pasando por Felicité, Petit y Grand Soeur. El mar está azulísimo y el cielo limpio, con nubes blancas de algodón. Vemos de vez en cuando grupos de pardelas revoloteando a ras del agua en busca de comida, alguna barracuda saltando, atunes. Nos van mordiendo los anzuelos pero sin picar.

Los chicos preparan el aperitivo, lomo y queso. Yo preparo unos lomitos de kingfish vuelta y vuelta con ajo y un chorrito de vinagre de manzana dulce, riquísimo. De postre, té de vainilla.

Fondeamos en Chave Souris, con St.Pierre en frente. Hafo fotos de la islita con un velero fondeado y un gorrito de nubes que se alza sobre las palmeras. Bajamos con el dinghy a explorar la costa. Vemos una zona de manglares con la tierra agujereada y en cada agujero su propietario: un cangrejo rojo ( cangrejos fantasmas me dice Javier ), hay un resort en la playa y al salir una carrretera a cuyos lados se esparcen varias tiendecitas de comestibles y alguna de souvenirs. Hay casas desperdigadas hacia la montaña, con frondosos jardines repletos de carnosas plantas y flores de colores. De cualquier sitio nace una planta, los árboles son tan altos como rascacielos. Como dice Cuco, es lunático.En este pueblo viven muchos rastas, se acercan a ofrecernos cambio (ventajoso dicen). Cerca De la playa veo un seto de bambú enano, precioso. La arena de la playa no es aquí de coral, es muy fina y ocre, como pisar harina, suave, suave. Pedimos hielo en el resort y mientras nos lo traen charlamos con un cantautor local, nos dice que esta noche hay música en vivo y de paso nos canta dos piezas de su repertorio.

Volvemos al barco cuando empieza a hacerse de noche, aparecen ahora las nubes violetas, tan bonitas. A unos metros del barco tenemos un islote minúsculo todo repleto de vegetación donde sorprendentemente se encuentra ( escondido eso sí ) uno de los resorts más caros y selectos de Seychelles, con tan sólo 5 habitaciones (claro que más no cabrían). Cenamos bajo una luz privilegiada que nos ofrecen la luna y las estrellas, kingfish con curry y arroz tailandés. Buenísimo. Cuco nos cuenta historias del desierto…

 

Mientras me desperezo en cubierta veo una enorme tortuga nadando cerca del barco. Es tan habitual que se acaba uno acostumbrando! Joaquín y yo hacemos una visita al super local para comprar agua y coca-cola que no nos queda, de comida también andamos mal, pero Dios proveerá..

De vuelta salimos los cuatro a snorckelear en el sitio de ayer (en busca del tibu). El agua sigue algo turbia pero vemos muchos peces. En una roca, oculto, hay un pez cofre con la cabeza tan grande como la de un niño, con ojos muy separados y saltones, se parece a E.T. Veo un tiburón!!, pequeñito, punta negra. Javier nos señala a otro, mayor, punta blanca. Sólo nos queda ver un tiburón ballena..! Volvemos al barco. Pasa una manada de calamares cerca de popa. Joaquín los ve y nos da un grito, en menos de dos segundos Javier echa una potera, pican dos!!, pero antes de salir del agua nos escupen un gran chorro de tinta, parece que hemos encontrado petróleo ¡! Javier, yo y el barco estamos llenos de churretones de tinta negra. Cuco y Joaquín muertos de risa nos hacen fotos. Bueno, hoy ya tenemos la comida solucionada. Ponemos rumbo a Mahé. Por el camino el agua hierve cada vez que vemos una nube de pájaros intentando pescar. Hay auténticas manadas, negros y blancos. Javier lleva la caña, yo echo el curri. Al poco rato noto que algo tira con tanta fuerza que casi me arranca la mano. Tira, tira y finalmente se suelta. Qué susto! Debía ser grande, menos mal porque si llega a picar lo mismo se lleva el brazo entero. Al poco oímos el ssssh, ssssh del carrete de Javier, ha picado algo, muy grande, lo vemos saltar. Es un marling!… se escapa. Minutos después Javier vuelve a coger algo, esta vez lo ha enganchado bien. Tira, tira, recoge sedal. Es una melva, al acercarla al barco vemos un banco de atunes y una nube de pájaros volando encima del dinghy, Javier pasa la caña a Joaquín y de un salto coge la caña de mosca, lanza y le pican pero no logra sacar nada. Vuelve la paz y sacamos por fín a la pobre melva, fotos y la devolvemos vivita ( hoy comemos calamares), por el camino vuelven a picar 6 veces más ¡! Pero se sueltan, es muy divertido. Javier echa en falta una caña más potente.. la próxima vez será. Llegamos a Beau Bayole, una tranquila bahía al NE de Mahé, la costa es montañosa, hay dos playas con poca arena porque la vegetación no les deja más sitio, tienen forma de media luna, rodeadas de Takamakas. Dicen que son las mejores playas del país.En frente se ve Silhouette. En la montaña que tengo a la izquierda hay muchos árboles de esos que me gustan tanto, los de las copas en escalera y a la derecha hay otra zona montañosa tapizada por una abundantísima cantidad de plantas y palmeras. Se ven algunas casas desperdigadas, con tejados de color granate, verde y gris, y paredes blancas, con flores en las ventanas. A la entrada de la bahía nos sale a recibir una enorme y preciosa tortuga careta. Hay un velero fondeado cerca de la playa y unos cuantos barcos de pesca. La arena ocre, el agua limpísima, esmeralda aquí y plata en el horizonte. A la derecha hay un resort, se ven turistas en la playa con kayacs, otros hacen surf. Es la parte más turística de la isla, la zona de moda, el sitio de diversión (deportes acuáticos, restaurantes..). Hay 12 hoteles pero como es habitual en estas islas están disimulados entre los árboles de modo que no estropean nunca las maravillosas vistas. En el extremo de la bahía, al oeste, está la playa de Bel Ombre donde según cuentan las leyendas se esconden los tesoros de un famoso pirata del siglo XVIII.

Atardece, empiezan a oirse los pájaros tan alborotados como siempre a estas horas, salen a cazar mosquitos. El sol se está poniendo y las nubes, cómo no, se visten de lila, el cielo de naranja. En tierra los árboles, las casas de la montaña, la arena de la playa… todos gritan sus colores. Mientras escribo miro de reojo al sol-tortuga que camina hasta zambullirse lentamente en el inmenso mar.

 

Me levanto a las 7. Tomo café mientras escribo un rato antes de bajar a tierra a comprar. Veo unas rayas cerca de la orilla y una tortuga de paseo. En tierra la montaña es mágica, con sus árboles en escalera, mangos, orquídeas, veo unas flores largas con pelitos granates que son como de terciopelo. La gente nos saluda por la calle. Compro chicles de café y té de canela. La playa está preciosa, unos pescadores descargan sardinas en la arena. Tras la compra salimos hacia Anse Jasmine, fondeamos. El agua está cristalina, la playa es pequeñita pero paradisíaca, con palmeras de larguísimos y esbeltos troncos que nacen de un montículo barbudo y se inclinan majestuosas hacia el mar como intentando besar el agua. Voy nadando hasta la orilla, veo una raya y algún pez morado. Tras el baño tentempié a base de pizza, buñuelos de fríjoles, rollitos de salchicha y empanadillas de verduras, todo productos de una panadería local, muy ricos. Salimos de nuevo y fondeamos en Bahíe Ternay, por el camino sopla el viento, voy en proa contemplando el salto de los peces. Al llegar dos tortugas nadan cerca de la playa. Vamos con el dinghy hasta los arrecifes cercanos y nos zambullimos agarrados a él mientras nos lleva la corriente. Vemos peces de gran tamaño, un amable pez luna nos hace de guía casi todo el camino. Joaquín me enseña una raya posada en el fondo, oculta a lo Rambo bajo la arena en espera de alguna presa. Un pez cofre se esconde en la entrada de una gruta. Aparecen de pronto las dos tortugas que habíamos visto al entrar. Una es muy grande, nada cerca del fondo, se para a picar el coral, es muy voraz. Se aleja nadando con lentitud, agitando sus patas.

Salimos hacia nuestro último destino, el Parque Nacional de St. Anne que fue creado para la protección de la vida marina y de las aves, es un grupo de islas muy cercanas a Mahé. Cuco me cuenta anécdotas que ha leído en su guía: en la isla de St. Anne fué donde se establecieron los primeros habitantes franceses de estas tierras, allá por 1770. La isla de Cerf debe su nombre a la fragata Le Cerf que llegó a Victoria en 1756, en ella viajaba Nicolas Morphey que venía a tomar posesión de las Seychelles en nombre del Rey de Francia. En 1814, tras las guerras Napoleónicas las Seychelles pasaron a la corona inglesa ( se nota en el estilo colonial de ciudades como Victoria ). En otra de las islas, Moyenne, habitan dos tortugas gigantes de unos 50 años y se pueden encontrar algunos cocos de mer. Longue Island es una isla-prisión y está prohibido acceder a ella.

Camino de St. Anne Javier prueba con la caña, hay bastante viento. Algo le tira, vemos una gran aleta ¡¡… tira y recoge pero lo pierde. Al poco rato vemos algo de color marrón que persigue la rapala, la muerde pero también se escapa. Dice Javier que podía ser un tiburón.

Llegamos sobre las 5.30, atravesamos el canal de St. Anne. Vemos St. Anne, al fondo Moyenne, Longue, Cerf y la pequeña Ronde a la derecha. Vemos también en frente las frondosas y verdísimas montañas de Mahé, y la entrada al puerto.

Intentaremos cenar en uno de los dos restaurantes que hay en Moyenne. Las islas son muy pequeñas, llenas de vegetación, no veo casas. Parece un sitio muy tranquilo, el mar tiene franjas de colores alternando: azul oscuro-turquesa-cobalto-esmeralda-oscuro. Al fondo, la espuma blanca de las olas al golpear contra la barrera de coral.  Yo voy a hacer fotos de mis preciosas  nubes lilas que están a punto de aparecer pero antes salimos con el dinghy a localizar el restaurante. Negativo, están todos cerrados ( abren sólo al mediodía ). Vuelta al barco. Habrá que echarle mucha imaginación a la cena porque estamos en las últimas. Estoy hambrienta.

Hoy, como cada día, puntuales a la cita han aparecido los colores del atardecer, lila y naranja, los colores de Seychelles.

 

No resultó tan mal la cena, spaguetti con ajo y guindilla, repetimos todos. Por la noche ha soplado viento y cuando me levanto continúa soplando aunque el día es soleado. Joaquín sube al dinghy e intenta limpiar la cubierta que aún tiene el graffiti de los calamares. Llegamos a la marina donde el jefe de base de Sunsail nos da un cordial recibimiento, charlamos con él un rato acerca del viaje. Nos consigue un coche de alquiler y salimos de excursión por la isla. La primera parada es Victoria, compramos especias en el mercado y unas camisetas. Aquí siguen con el bullicio, gente comprando en los puestos, andando por la calle y un grupito muy curioso de personas que hacen cola para comprar… queso cheddar! Se nos acerca un hombre y nos pide un favor: quiere hacernos una foto mientras miramos a la gente haciendo cola para comprar el queso. Nos explica que es del partido de la oposición y que quieren denunciar la situación. Posamos para él.

Salimos luego hacia la costa, hay unas 70 playas que según dicen aquí son la gloria de las Seychelles. Veo un colegio, es grande, sin cristales en las ventanas ( para qué, no hacen falta ) los colegiales van perfectamente uniformados (influencia inglesa, supongo), pasamos por un campo de golf entre palmeras. Al otro lado de la carretera vemos la playa, el mar está precioso, el verde del campo también. Por el camino, a ratos huele a canela, a ratos a vainilla. Dulzón, maravilloso. Paramos a comer en un restaurante con una terraza sobre el mar, con magníficas vistas. Pulpo al curri, ensalada de palmitos (os la recomiendo), ensalada de atún y patata, ensalada de mejillones, cangrejos y gambas.

Seguimos nuestro camino a través de las montañas, vemos escolares volviendo a casa, gente trabajando en el campo, otros llevando agua en cubos. La vegetación es muy espesa, salvaje (por algo esta isla se llamó Isla de la Abundancia), playas solitarias, casitas ocultas entre la vegetación, flores de intensos colores. Es increíble! Un grupito de niñas con su uniforme rosa posa para mí. Empieza a atardecer, visitamos una granja que se anuncia desde la carretera con un cartel que reza “water fall”. Al llegar nos recibe la dueña, una anciana rechoncha muy sonriente que nos hace firmar en el libro de visitas. Hay letreros colgados de los árboles señalando su nombre (mango, aguacate, papaya..) y cientos de jaulas con animales (conejos, pájaros, tortugas y murciélagos que repliegan sus alas sobre el cuerpo como si fueran un chal, muy graciosos). Otros carteles dan la bienvenida a los “tourists” aunque lejos de ser un sitio turístico es un lugar precioso, auténtico, la granja de una familia que intenta sacar partido a su gran atracción : la water fall, un sendero entre palmeras y plantas nos lleva hasta ella, el agua resbala por una gran pared de roca y cae en una lagunita que está llena de cangrejos de río.Nos queda poca luz así que tras despedirnos de la familia de granjeros salimos hacia una playa para ver la puesta de sol, se me hace raro después de tantos días de verla desde el barco pero es igualmente, maravillosamente lila. Una garza la contempla a nuestro lado, su perfil dibuja un contraluz espectacular.

Volvemos ya de noche hacia la marina, el bosque está oscuro, sólo se oye el jolgorio de los pájaros. Huele a tierra. Por poco atropellamos a una musaraña despistada que está parada en el medio de la carretera. Una ducha y a cenar a Bel Ombre, al restaurante La Scala, regentado por una pareja italiana, al borde del mar. Mejillones gratinados, atún marinado, gambas a la plancha, red snapper con ajo y jengibre, red snapper con alcaparras y anchoas, red snapper al vino blanco y mero a la criolla. Todo excelente y muy bien acompañado por dos botellas de chianti. Il conto: 1.042 rupias. Tras la cena nos vamos a hacer algo de vida nocturna, paramos en un resort a tomar una copa. Volvemos al barco cuando al pasar por una de las callejuelas de Victoria nos tropezamos con algo que parece más atractivo: un garito local. Sólo se ve gente de aquí aunque dentro encontramos un grupito de …españoles! Son pescadores de uno de los grandes barcos que hemos visto en el puerto, mañana vuelven a casa. Charlamos con ellos y con alguno de los nativos, también hay alguna chica. Resulta muy curioso.

Vuelta al barco que son las 4 y mañana salimos a las 7. Preparo la maleta.

 

 

Dejamos las “lunáticas” Seychelles y pienso que mientras aún existan lugares así, donde la Naturaleza aún vive intacta porque el hombre no ha hecho sopa con ella nos quedará una esperanza…

Islas Seychelles. Alquiler de barcos (II)

 

Charter en Seychelles

Islas Seychelles charter

El atún a la brasa estaba delicioso, lo acompañamos de una crema de espinacas con nata que hizo Javier. A medianoche un baño y un tentempié a base de spaguetti con guisantes y guindillas.

Hoy ha amanecido un día espléndido, la jungla brilla verdísima bajo este sol radiante, el cielo azul-azul y el agua turquesa. Hay mucho movimiento alrededor del barco, estamos rodeados por miles de peces agujas que saltan para no ser engullidos por las barracudas. Javier se baja al dinghy a pescar, yo fotografío el salto de una barracuda tras su presa, el agua hierve por el constante saltar de los peces. No pican.

Un baño antes de zarpar rumbo a Cousin Island, a unas 2 millas de Bahíe Chevalier, es una pequeña isla que encierra uno de los mayores tesoros naturales de Seychelles, reserva natural de aves, tortugas, lagartos y árboles. Fondeamos cerca de la playa, hay una luz muy intensa, la playa solitaria y completamente salvaje con arena blanquísima que contrasta con el color violeta-azul del cielo y el blanco de las olas que juguetean con las rocas de granito. Se ven montones de pájaros entrando y saliendo de la isla, unos pequeños y negros, otros blancos de larguísima cola. Nos acercamos con el dinghy a la playa pero antes de llegar un guía local nos dice que no se puede dejar ninguna barca en la playa así que quedamos en que nos recogerán en el barco. Javier ve una tortuga, nos tiramos al agua, es una enorme hawksbill, preciosa, se mueve con parsimonia a nuestro lado y finalmente se va hacia el fondo, en la isla hay una enorme población de tortugas marinas. Llegan a recogernos. En la playa hay más turistas, nos dividen en dos grupos (inglés y francés) y comenzamos el recorrido de 1.30 h por la reserva. El guía nos va explicando orgulloso la rareza de las especies que aquí habitan, pájaros como el Magpie Robin o el Seychelles Warbler que hubieran desaparecido de no haber sido por el programa de protección que empezaron en 1968. Fragatas, garzas, Lasser noodey, blue pigeon.. tienen aquí su hogar. Vemos cientos de nidos donde las mamás acunan con mimo sus huevos, hay jovencitos posados en los árboles. Muchas de estas aves ponen aquí sus huevos y luego migran hacia el Pacífico. Paseamos entre árboles centenarios, algunos con lianas tendidas hacia el suelo como tentáculos. La luz se cuela entre la espesa vegetación. Hay bastantes lagartos, algunos de color verde fosforito, otros de color tierra … (gekos, wright’s skink,..) “es la zona con más lagartos por hectárea del mundo”  nos dice el guía. 

Llegamos al territorio de las tortugas gigantes, de enorme caparazón y piel rasposa, una está comiendo hojas, me acerco a tocarla, se levanta e inicia un lentísimo y breve paseo para volver a recostarse unos metros más allá. En Bird Island habita la estrella de todas las tortugas gigantes, Esmeralda, la más anciana de la tierra (200 años, todo un record guiness), cuentan que se escapó de un barco que la llevaba con la intención de hacer sopa con ella.

Llegamos a la parte más alta de la isla, las vistas son espléndidas, el agua está esmeralda , miles de aves surcan el azulísimo cielo sobre nuestras cabezas, en las piedras veo ciempiés ( “los más largos del mundo”, cómo no) y cangrejos ermitaños. De vuelta a la playa en la arena se esparcen corales y conchas preciosas, no pueden cogerse. Es una playa completamente salvaje, la más bonita que he visto nunca.

Nos devuelven al barco, un baño bajo un sol abrasador y salimos hacia Anse Volbert dejando atrás Cousin Island, “la isla que pertenece a la Naturaleza”. Por el camino aperitivo a base de queso, chorizo y mejillones.

Fondeamos cerca de la playa, hay nubes y parece que se acerca una tormenta. El sol se ha puesto ya. Hoy me toca cocinar, marmitaco de atún (que no hay manera de acabar con él). A fuego lento… para chuparse los dedos. A lo largo de la noche las nubes se van y aparace una enormísima luna llena que vierte un tarro de purpurina plateada sobre el mar.Es una noche muy hermosa, cuajada de estrellas (las estrellas del sur), sopla una brisa suave, que mece nuestro barco.

 

Me levanto. Los peces juegan al ratón y al gato, hay mucho alboroto. De un salto una aguja se cuela en nuestro dinghy. Bajo a liberarla, estamos las dos asustadas, no para de moverse hasta que por fín la cojo y la suelto en el agua.

Aparece una familia de delfines, van con un pequeño juguetón al que están enseñando a pescar, nadan cerca del barco. Zarpamos hacia St. Anne, en Praslin.Por el camino paramos en St. Pierre, un pequeño islote que parace una postal, llenito de palmeras que sorprendentemente nacen de moles de granito, pequeñito pero muy exótico, resume la esencia de estas islas.

Desde aquí vemos Praslin a la derecha, Cousin Island a la izquierda y en frente Petit y Grand Soeur, Coco’s Island, La Digue y Felicitè. El mar está plata, el sol luce magnífico.Javier ha estado con la caña sin éxito (es que no hemos llegado a los 6 nudos y aquí se pesca entre 6-12 nudos). Fondeamos. Aletas, gafas, tubos y al agua!. Nadamos hacia el arrecife, el fondo está lleno de coral, veo alguna estrella de mar color ocre gigante, también alguna caracola. Empieza el festival de peces, hay cirujanos de varios tamaños, cofres, una familia de sepias, trompetas amarillos, trompetas grises, picassos, loros, mariposas, cardenales, ballestas… la corriente es débil pero si no aleteas te arrastra suavemente, es increíble la sensación de ingravidez, a ratos pareces un pez, intento imitar sus elegantes movimientos.

Tras el snorckel nos visita un local en una barca. Son 200 rupias (50 por persona) por visitar esta isla y la de al lado (Curieuse Island) cobra y se va porque le suena el móvil (el paraíso está ya muy sofisticado). Una manada de peces ángel se acerca a curiosear, son muy grandes y planos, les encanta el pan, están un buen rato con nosotros. Llegamos al Parque Nacional de Curiouse (la isla roja), antigua colonia de leprosos, es otra de las joyas del país, otro museo al aire libre, una reserva con 6 especies de manglares, multitud de árboles y una fauna marina excepcional. Esta vez recorremos la isla sin guía, nos adentramos en el jardín de manglares, en el suelo miles de agujeros donde habitan unos enormes cangrejos. Hay una alfombra de conchas, es increíble, nunca he visto tantas, en su interior habita un ermitaño, el praslin snail, vemos lagartos, arañas que tejen enormes telas de araña, tortugas gigantes que sestean al sol. Hay una gran laguna cerca de la playa rodeada de cocoteros, dentro de ella nadan algunos bonfish (dice Javier que su pesca a mosca es muy divertida porquen tiran mucho). En la laguna miles de colores, del verde al ocre, al azul, al blanco.. fascinante, parece prehistórico, hay tanta vida!, da gusto ver lo bien que conservan sus tesoros los seychellianos.

Llegamos a St. Anne, un sitio paradisiaco protegido del viento, rodeado de montañas. El arco iris nos recibe en el puerto. Los skipper han quedado con un amigo francés que vive aquí, nos recoge ya de noche en la carretera que sale del puerto (que por cierto es la única de la isla), vamos a su casa y charlamos antes de ir a cenar. Nos ofrecen (su mujer vive también aquí) unos pastise marselleses. Viven en la playa, con unas vistas privilegiadas sobre las islas vecinas, veo la luna salir de detrás de las montañas de La Digue. Nos llevan a cenar a uno de sus restaurantes favoritos, conocen a la dueña, una menuda mujer de mediana edad que se deshace en atenciones con nosotros. Cenamos sobre una soberbia mesa hecha con madera de Takamaka, preciosa. Encargan la cena: calamar con salsa de coco, calamar con curri, pescado con ajo, pescado con lima, mejillones con verduras, arroz y ensalada. Delicioso. Nos invitan a cenar. Tras la cena nos devuelven a la marina aunque antes paramos en un garito cercano a tomar una cerveza. Buenas noches.

 

Ha amanecido un día precioso, vamos de visita por la isla, y es que no se puede venir a Praslin y no visitar el Valle de Mai. Tomamos un taxi en el puerto y nos acerca hasta allí. Es un bosque milenario declarado Patrimonio Natural de la Humanidad ( el 46% de la superficie de Seychelles está declarado Reserva o Parque Natural ¡!). Cuenta con decenas de plantas únicas en el mundo aunque hay una que destaca especialmente: el coco de mer, son palmeras que viven unos 200-400 años y que sólo se dan en este bosque. Es una palmera muy peculiar, la “hembra” da el fruto más grande que se conoce (unos 20 Kg) y tiene forma de pubis. La palmera “macho” tiene frutos con forma de pene. Aquí se interpreta como algo afrodisíaco y mágico y lo tienen como símbolo nacional ( hay botellas de licor con forma de coco, mangos de cubiertos, camisetas, cocos auténticos…todo disponible a un precio poco módico). Recorremos el bosque despacito, la vegetación es muy espesa, los árboles muy altos, tanto que en muchos tramos no dejan ver el cielo, sólo permiten el paso de algún rayo de luz lo que le da más magia al entorno. Sólo se oye el ruido de los pájaros y el que hacen las hojas de palma al ser movidas por el viento, toda esta vegetación crece en torno a las gordas esculturas de granito. Hay otras palmeras endémicas (Horne’s, Latannyen, coco marrón, milpat, many-spined…), frutales (jackfruit, bwa rouz, bread fruit, vainilla..), pájaros como el rarísimo loro Negro, la paloma azul, el kestrel, el sunbird…, mamíferos (murciélagos comedores de fruta, musarañas..), reptiles (geko verde, geko de ojos dorados, ranas de árbol, lagartijas..), invertebrados como el caracol de Praslin, el cangrejo de agua dulce, el caracol gigante, orquídeas,… el recorrido es todo un tratado acerca de la Naturaleza y sus maravillas. Al acabar el paseo el taxi nos espera para darnos una vuelta rápida por la isla, con la luz del mediodía los colores resaltan la belleza del paisaje. El taxi para a un lado de la carretera y el conductor me dice que arranque una hojas de una planta , “frótalas y huele”, me dice, es menta!! A pocos metros vuelve a parar y repetimos la operación con otra planta distinta, esta vez es canela. Nos lleva a un pequeño acuario donde se cultivan maravillosas perlas negras en el interior de una enormes ostras que se cierran cuando nos ven, hay también peces, tiburones y tortugas.

De vuelta al barco navegamos rumbo a La Digue. Por el camino curri, algo pica pero se nos escapa. En la entrada del puertecito vemos dos mantas. Fondeamos con ancla y cocotero. Alquilamos unas bicis ( en esta isla el medio de transporte habitual son las bicis, unos taxis-buey que tiran de una carreta y muy pocos coches), hay poca gente en el pueblo, van en bici y a pie, otros ( los menos ) en furgonetas de colores chillones. Hay tanta paz que apenas se oye otro ruido que el piar de los pájaros, las hojas de palmera agitadas por la brisa y el ruido del mar al golpear el barco. Pedaleamos por un camino rodeados de bosque tropical, plantas de colores fucsia, naranja y lila, hojas de palma, mangos, cocoteros, plátanos… es un jardín de ensueño. A 2 Km hay un pequeño restaurante que nos han recomendado,el Zerof, nos sentamos en la terraza, rodeados de plantas. Tengo en frente un poto que mide unos 2 metros y sale del suelo. Se está en la gloria, sopla brisita. Hay un gorrión rojo posado en una silla. Foto. Llegan dos murciélagos. Comemos pollo y ensalada de pulpo y después del merecido descanso reemprendemos el camino. Pedaleamos entre los árboles de esta selva mágica, la luz intenta colarse a través de las ramas, hay cientos de flores, gallos, pájaros de cabeza azul alas pardas y pecho negro ( el famoso papamoscas negro del paraíso, que sólo habita en estas islas ), un ternerito busca a su madre. Entre la jungla se esparcen casas coloniales, algunas de vivos colores, de madera, con muebles de teca y grandes ventanales. El camino se complica, empieza una subida muy pronunciada, 1-2-3, cuesta pero ya va quedando menos.. al final una gran pendiente baja hacia el mar. Llegamos a la playa. Solitaria, salvaje, el agua muy esmeralda. Hay olas y bastante corriente. La playa está rodeada de palmeras, algunas altísimas, sus troncos delgados y esbeltos contrastan con la redondez de nuestras amigas de granito. Es un lugar muy hermoso, debe haber pocos sitios en la tierra donde la Naturaleza se muestre tan exuberante, lujuriosa, en el campo, en el mar,..

Devolvemos las bicis y vuelta al barco. Javier nos prepara una estupenda tortilla de patata con cebolla y ensalada de tomate. Unos niños pescan en el muelle, se les da bien. Veo peces saltando en el agua. Desde tierra sólo se oyen los murciélagos, deben pelear por algún suculento fruto; tranquilos, que hay para todos.

La lunaza comienza su desfile detrás de un enorme árbol, sube poco a poco, con parsimonia, a ritmo de tortuga… Se oye música desde un garito del pueblo. Es Bob.

 

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